Habrá
que bailar para que el músico se anime, para que nos mire la gente murmurando
entre otras gentes acerca de nuestras patologías emocionales. Bailemos pues.
Por
capricho, por placer, por perder el miedo a bailar, por perder el miedo a
volar. Bailemos sin saber cómo ni dónde. Descompasados o a dos palmos del
suelo. Bailemos y descosámonos de nuestras sombras, soldadas eternamente a
nosotros.
Bailemos.
Como
perfecta excusa para rozar esa mano, o envolver esa cadera, o adosar esa
mejilla, o recordar ese olor, o volver a existir. Bailemos.
Bailemos
para detener la hemorragia de las vidas pasadas y sanar cicatrices de los daños
futuros. Entre el recuerdo y el olvido, bailemos.
Porque
mañana es fiesta de guardar en los cajones lo que ya no nos interesa y
cerraremos la puerta a los fantasmas de cada minuto. Porque la eternidad no
suena a nada, bailemos ahora.
Ya lo dijo el Maestro: Que bailar es soñar con los pies.























