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“AL FINAL, LO QUE IMPORTA NO SON LOS AÑOS DE VIDA, SINO LA VIDA DE LOS AÑOS.” - (Abraham Lincoln) - Noviembre 2017

jueves, 5 de octubre de 2017

Huevos fritos

     No me gusta freír huevos. Sé cómo se hace y me encanta comerlos, pero no me gusta hacerlos. Siempre que veo el aceite caliente recuerdo el día en que a Trini le saltó el de mi freidora en un pie; nada grave, pero suficiente para tener guardado el momento. No me gusta freírlos. De hecho, no todo el mundo sabe freírlos bien, aunque presuman de ello. Del arte del huevo frito, con facilidad, podríamos encontrar millones de expertos por metro cuadrado, miles de millones de documentos escritos y/o gráficos de cómo conseguir la puntillita tal o la textura cual, miles de miles de millones de dictámenes sobre la yema más hecha o menos hecha.
     Pero la imprudencia es osada (o la osadía, imprudente) y corren por los pasillos voces de "inválidos" en la materia que proclaman su maestría para con el hijo de la gallina. Personajes a los que nadie les ha dicho jamás que suelten la espumadera y se dediquen al bizcocho de yogur o al filete empanado (que también tienen su mérito, faltaba más), y que sustentan su supremacía en la habilidad de "no tener abuela, ni necesitarla". Esos que te dicen la temperatura máxima de la sartén o el número de cristales de sal para no desvirtuar el sabor pero que sabes que no tienen ni idea del asunto. Esos son sujetos muy peligrosos.
 
     Y, ¿a cuento de qué venía esto? ¡Ah, sí!
 
     A que no me gusta freír huevos, pero que tampoco me gusta la gente que me los va friendo por ahí. Que lo intentan, y que a veces hasta lo consiguen, pero que me quedo en paz cuando me doy la vuelta y pienso que no saben del asunto ni la mitad.
¡¡No me cuente usted historias sobre la discapacidad, señora!! Si usted no sabe (o no quiere saber) no eche la culpa al sistema, a los medios o al Boogie; aprenda y recíclese, a modo de decencia.
 
     Y sobre todo, señora, déjeme los huevos en paz.