Me encantaría que visitaras también mi otro Blog; un espacio donde dejo mis fotografías; "EL MUNDO SE EQUIVOCA" (http://sequivoca.blogspot.com)
"LO NORMAL ES UNA ILUSIÓN. LO QUE ES NORMAL PARA LA ARAÑA ES UN CAOS PARA LA MOSCA" - (Morticia Addams) - Noviembre, 2018

lunes, 12 de noviembre de 2018

Piensa por un momento

          Piensa por un momento: ¿y si todo terminase ahora?, y si todo lo que conoces y te rodea, ¿dejase de existir en unas horas? ¿Qué harías?

          Puede que escapases de tu -mal llamada- zona de confort, puede que corrieras a telefonear a tu familia, puede que dijeras los muchos te quiero que se han quedado por decir.

          ¿Qué ocurriría? ¿Cuáles serían los primeros pensamientos que llegarían a tu mente? ¿Habría lugar, entre tanto caos, para tus amigos? Quizá ni te acordases de ellos, tan ocupado en huir sin saber ni siquiera a dónde, o para qué, si total, todo va a terminar. Piénsalo ¿Qué harías?

          ¿Cogerías tus bienes materiales por si se trata de una falsa alarma o eres tan humano que lo dejarías todo atrás sin mirar? Piensa, piénsalo bien, ¿sabes lo que harías?

          Y si se acaba el mundo ahora, ¿seguirías siendo tan cobarde como hasta hoy? ¿Dirías de una vez por todas NO? ¿Te reirías de todos los miedos anteriores ahora que ya sabes lo que es tener miedo de verdad y puedes banalizar con todo lo sentido a lo largo de tu vida? Menuda tontería, ¿verdad? Cuánto drama innecesario, cuánta lágrima improductiva. ¿Lo piensas ahora que todo se derrumba? Recuerda las ocasiones en las que te has sentido tan atado a la realidad que prohibiste que crecieran tus sueños; las ocasiones en que empeñaste cualquier mínima ilusión por un qué dirán. ¿Puedes?, ¿puedes enumerar cuántos qué dirán te han limitado en estos años? Te lo voy a poner un poco más fácil: ¿cuántos qué dirán merecen la pena hoy que estás ante el final del final?, ¡dilo!, ¿Cuántos?

          ¿Beberías tu última copa de vino?

           Si llegase el final, ¿le dirías que fue lo mejor que te pasó en la vida pero que te faltó el valor para subir a su vagón o quizá que estuviste siempre esperando en la estación pero su tren no llegó nunca?

               ¿Renunciarías a tus logros por continuar en el mundo, a todo lo que te ha proporcionado tu esfuerzo y tus privaciones?

          Piensa en la mano de aquellas personas que te gustaría acariciar en estos momentos, sin reproches, sólo intenta recordar su tacto, el calor que aquellas manos desprendían. ¿Puedes recordar el sabor de sus labios o te marcharás con la duda de no saber si son salados o si, por el contrario, son dulzones…? Y piensa, ¿por qué te quedaste con la duda?

          ¿Por qué dejaste que el rencor, la envidia o el egoísmo cerrasen las puertas a las mañanas soleadas?

               ¿Por qué impediste que la luna te acariciase desnudo?, ¿por los otros, tal vez?

               ¿Por qué no supiste usar los ojos para ver lo sencillo de cada momento?

          Si mañana no amaneciera, ¿qué te gustaría hacer por última vez, cuál sería tu última canción, cuál sería tu último deseo, a dónde iría tu última mirada?

          Tu suerte es que el sol saldrá otra vez mañana para brindarte una nueva partida. Te dejará una hoja en blanco y todo el tiempo que necesites para que te reescribas a ti mismo, ¿quién mejor que tú? Nadie hará por ti lo que tú no hagas mientras haya tiempo.

           Y queda mucho tiempo aún. El mundo no va se va a acabar mañana.

 
(Inspirado por Lydia Fernández Tapia. Tenéis que visitar su Instagram @lydia_fdz)

jueves, 1 de noviembre de 2018


Yo que pensaba que aún volaba
 
y era inercia.
 
 
Planeador Love of Lesbian





 

jueves, 25 de octubre de 2018

De mudanza

     De cuantos huecos había vaciado para una posible mudanza, su favorito era el baúl de madera que llegó a su casa en la Navidad del 79. Ella tenía cinco años, pelo largo, infinita imaginación. Era capaz de dar vida a aquel baúl, que por entonces le parecía enorme, para adaptarlo a sus necesidades: podía ser un cofre que los piratas pretendían birlarle a ella, indefensa princesa que surcaba los mares o podía ser el botín de la diligencia que conducía entre desiertos del lejano oeste, con monedas de oro que castañeteaban entre sí a cada salto del convoy. Hoy es un preciado recuerdo al que no encuentra lugar como otras tantas cosas en su vida. Pero sigue apilando cajas. El baúl quizá se quede aquí. O quizá lo lance por la ventana... ¡yo qué sé!
 
     Hay que recoger pronto, me atrapa el reloj, me va a hundir este calendario que sólo corre y corre. Suena la lluvia fuera. Lo que me faltaba. Todos los miedos están apilados, metidos en cajas con precinto para que no salgan en el momento menos indicado. Me dejo alguna lágrima sin empaquetar, tampoco creo que sea necesario hacer de esto un drama. Lo de hablar contigo misma se está haciendo tan habitual como los cambios de humor, los cambios de opinión, los cambios, los cambios... los cambios.
 
     Quizá detener el momento sea una escapatoria factible. Abandonar por un momento la duda para centrarte en respirar, en sentir tu propio aliento ahora que la noche comienza a hacerse fría. Una mirada sin compasión a los trastos que se amontonan y una mano que, con delicadeza, recoge del suelo el pequeño baúl, ese que jugó contigo a ser mayor. Aquí estamos, compañero. Creo que nos mudamos para ser felices. Y jugaremos otra vez a lo que el día nos invite y tendrás tu altar en mi nueva casa. Y prometo no volver a tener miedo.
 
     Parece que ha dejado de llover. ¿Y si sales a pasear descalza? 

lunes, 22 de octubre de 2018

Abrazos

     "De todo lo que saben hacer los brazos, lo más bello es abrazar; y también lo más profundo; mucho más que bailar, nadar o conducir porque estrechar a alguien entre los brazos sale del alma. [...] nadie  nos va a hacer daño si estamos en la cueva de un pecho, porque en un abrazo intenso hay más seguridad que en el interior de un coche blindado.
     Cuando se abraza con los ojos cerrados se detiene el mundo por un momento, un segundo eterno - "abrázame mucho", "quédate así" - luego se recobra el movimiento.
     Las cosas que más valen no pesan, sostiene un dicho. Los abrazos son gratuitos, y además no se acaban, lo cual es estupendo.
     [...] Algunos no pueden abrazar y otros no saben hacerlo, [...] unos y otros se pierden algo grande, sin embargo todos deberían reivindicar este derecho, porque sin abrazos la vida merece menos la pena."

abrazo
 
Pilar Varela. Revista Psychologies; Agosto 2007

viernes, 19 de octubre de 2018

Pensó que jamás

Sunny
pensó que jamás entregaría su pecho
a quien pretendiera desangrar su pecho
desmantelar o vaciar y mutilar su pecho
de la misión grandiosa y tierna de temblar.

Pedro Guerra - “Jamás” (“Vidas”; 2008)

domingo, 14 de octubre de 2018

Asilo - Drexler

Dame una noche de asilo en tu regazo.
Esta noche, por ejemplo, dejemos al mundo afuera.
Abre tus brazos, ciérralos conmigo dentro
sólo unas horas y luego, cuando amanezca, yo pondré una cafetera
y habré llevado esta nube hacia otro cielo de nubes pasajeras.
Si el sueño pierde pie, resbala, queda colgando de un hilo.
Prefiero una noche entera en vela, a tener el alma en vilo.

Dame una noche de asilo.
Dame una noche de asilo.

Dame un remanso
yo te daré lo que tengo,
este amor que no me explico.
Pasan los años y sigue a espaldas del tiempo.
Quiero que me hables del tiempo,
que te desnudes como si fuera algo corriente,
como si verte desnuda no me aturdiera tan sistemáticamente.
Tu piel me sea desconocida, me deja siempre intranquilo.
Prefiero lamer después mis heridas a que tu amor pierda filo.
Dame una noche de asilo.


viernes, 12 de octubre de 2018

Tal día como hoy, hace...

     Tras un largo día laboral, tan largo como los últimos millones de días laborales, decidí, al llegar a casa, tentar a la suerte que se esconde bajo el boleto del Euromillones que se propone regalarme nada mas y nada menos que cien (100!!!!) millones de Euros. Cantidad suficiente como para acortar los días, sin duda.
 
     Como presagio de mi éxito en el sorteo, me detuve en la pastelería y compré unos xuxos (de verdad, que no sé cómo se escribe) de esos de “2 x 1€” (el sábado podría comprar doscientos millones de xuxos!!!!!) y con ellos, en una bandejita muy bien envuelta, caminé hasta mi casa. Y fue allí, poco antes de tomar tierra en mi portal, que dos personas, un hombre y una mujer, se detuvieron ante mí.
 
     Ella muy jovencita, con cara de empollona resabiada, gafas cuadradas y enormes encarcelando a unos ojos diminutos. Él, algo mayor, pero no mucho más, encorbatado de todo a cien y rizado tupé, a juego con un bigotito recortado a lo actor porno; y ambos, con un montón de carpetas y libros en sus brazos. Me miraron y el chico, sonriéndome, me dijo:
 
        - Hola, disculpa, ¿dispones de tres minutos?
        - Ni medio, lo siento.
        - Entonces –insiste mostrándome un libro con la cara de Jesucristo sonriente en su portada- ¿no te quieres salvar?
 
     Ante semejante pregunta no tuve más opción que vestirme con una sonrisa XXXL y mostrar mi lado más sincero:
        - ¡Uf, llegáis tarde! Yo ya estoy condenado –dije señalando "el pecado" que portaba en la bolsita de pastelería de barrio.
        - ¿Qué pasa? –contraatacó el misionero- ¿No crees en el perdón?
        - Amigo, creo y mucho –continuaba con mi amplia sonrisa, plena de ironía-, de hecho, llevo "nosecuánto" tiempo practicándolo.
        - Bueno, me conformaré con eso –concluyó el chico- y con tu cara de felicidad mirando esos pasteles.
        - Confórmate porque en un rato el pecado estará dentro de mi y lo hará con toda la alevosía que me deje mi escasa voluntad. Y seré plenamente feliz.
 
     Como dice Fito, no tener que disimular es una de las ventajas de irse haciendo viejo. Será por eso que no me resulta difícil vivir siempre al filo de casi todo. Y es que en estas últimas semanas laborales ha habido algún que otro perdón; sin disimulos, lo prometo. A cualquier persona que se acerque pidiendo comprensión hay que darle, al menos la oportunidad de explayarse, otra cosa es que te convenza después; ya sea para hablarte de las maravillas de la educación inclusiva o para venderte parcelitas del Cielo eterno.
 
     No voy a entrar en si me han convencido o no, queda para mí y mis adentros, lo que sí es cierto es que me he dado un motivo más para auto-condenarme. Así, sin miramientos.
 

miércoles, 10 de octubre de 2018

¿Recuerdas?

     - Pues yo aún recuerdo tu abrigo verde
     - ¿Verde? ¿hablas del plumón aquel que ocupaba más espacio que yo?
     - Sí, de ese. (Risas) Lo que no consigo recordar son tus zapatos. Hay detalles de la gente en los que nunca me fijo.
    
     La tarde pasaba entre recuerdos. Historias que volvían a hacerse vivas con sólo invocarlas. ¿Y te acuerdas de...? De cuando éramos el futuro, claro que me acuerdo. Toda la vida por delante. Sois la generación que cambiará el mundo, nos decían. Nosotros reíamos, hacíamos bromas y restábamos importancia a lo que no nos daba miedo aún. Los años nos irían moldeando según su capricho o su necesidad. Algunos se fueron, desaparecieron. Otros intercambiaban tiradas de dados con el azar confiados en el "toda la vida por delante". Hubo quien ganó, también quien perdió. El azar no entiende de razones y juega siempre al solitario. Somos sólo una excusa para su existencia.
 
     Recuerdo el mar, nuestro mar. Las escapadas a la playa recóndita donde no llegaba ni el viento, ni la gente, ni la prisa. Era nuestra playa y era nuestro mar; tan inmenso como el destino que nos quedaba por escribir a golpe de descubrimiento. Y la lluvia en la playa. Claro que lo recuerdo. Recuerdo perfectamente nuestra arena mojada. Recuerdo que temblamos más de una vez. Recuerdo que caminábamos descalzos por la carretera.
 
     ¿Y qué fue de...?- preguntas. No sé, le perdí la pista. Pero dice que es feliz, al menos eso nos hace creer cuando cuelga fotos. Siempre sonríe. ¿Pero es feliz de verdad?. No lo sé. Eso nos ha pasado a todos alguna vez, ¿no crees? La felicidad va y viene, rara vez se queda a vivir contigo.
 
     Hablemos de otra cosa; recuerda aquellas salidas. Para nosotros, la tarde del sábado era como abrir los ojos y ver cada día el infinito de un color diferente. Era mezclar, probar, disponer, querer y no poder y volver deprisa, que se nos hacía tarde para seguir soñando. Éramos inocentes. Y sencillos. Inocentes y sencillos, dispuestos a dejarnos engullir por la sociedad que nos habían fabricado sin preguntarnos siquiera hacia dónde queríamos avanzar. Es más, nadie nos preguntó si queríamos avanzar o no.  ¿Y los primeros besos, esos que nos esperaban a la vuelta de cada respiración? Esos que no podían ver la luz del día, ni los ojos de la vecina de crítica fácil. Esos que sabían a sal, a salitre, a perfume barato, a manos que tiritaban. Besos que estrenaban labios. Besos tan tiernos que temíamos que se quebraran sin querer ¿Los recuerdas?
 
     Y recuerdo la música que sonaba en el tren y las voces que viajaban conmigo.
 
     - Pues yo aún recuerdo tu abrigo verde
     - ¿Verde? ¿hablas del plumón aquel que ocupaba más espacio que yo?
     - Sí, de ese. (Risas) Lo que no consigo recordar son tus zapatos. Hay detalles de la gente en los que nunca me fijo. 

lunes, 1 de octubre de 2018

Hay momentos

 
Hay momentos en los que hablar es señal de valentía porque hay palabras que duelen al ser dichas y que hieren al ser escuchadas.
 
Hay momentos en los que pensar es un acto reflejo porque pensar de manera voluntaria se torna en riesgo que cuesta asumir y de consecuencias, casi siempre, desagradables.
 
Hay momentos en los que ser justos es una utopía porque la injusticia no está en la mano de quien la imparte sino en la mente del que es juzgado.
 
Hay momentos en los que ser coherente es un imposible porque no se puede conjugar la coherencia con ningún verbo lógico.
 
Hay momentos en los que respirar es un triunfo porque estar vivo es mucho más fácil que vivir.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Musa

               No es dejadez. No, no podría llamarlo así. Es más una sensación de oquedad. Es querer sacar agua de un pozo usando una sola mano o ser récord mundial de apnea a medio pulmón. Quiero escribir pero el teclado se vuelve gris y huraño. Rechaza mis dedos. Creo que llega a reírse de mí y que a veces, por compasión, me deja ligar cuatro frases con cierto sentido, así, en modo lastimero. Pobre, vamos a dejarle que escriba algo o tendremos que recoger su moral del suelo con una cucharilla.

               Dame una idea, la que sea. Dame un motivo, una foto de esas que me llegan sin esperar, una canción que suene desde la otra habitación, da igual si la he escuchado mil veces. Dame literatura de salón para plagiar, para convertirla en texto económico de arrastrar por las aceras. Pero no me oyes o ni siquiera sabes que te estoy hablando o viniste alguna vez caminando entre piedras para procurarme el aliento que me faltaba y ahora ya no estás aquí.

               Vivir de una musa es de tristes, quizá sea eso. Pero te necesito. Te echo de menos como aquel día que me llevaste al barrio con una foto en el bolsillo, como la mañana en que la ropa dejó de ser una cadena y los miedos quedaron grabados para siempre en cien fotogramas para mirar con ojos diferentes. Vuelve como las noches en vela del verano, como los poemas que me hicieron creer poeta. Vuelve como antes de la caída a los infiernos o como el día que emergí a flote contra todo pronóstico. Regresa ya, como en las frases sueltas, en los versos inconexos, en las palabras dichas sin querer. Como cuando aún no sabía de tu existencia y me consideraba autor de lo que se erigía a mi alrededor por méritos propios. Iluso, infeliz de mí.

               Vuelve como los sueños que no se cumplen, como las promesas quebrantadas, como las palabras y el viento. Porque mientras pienso en ti, la pantalla sigue pálida, demasiado lejos de mis intenciones, a burlas con mi voluntad de darle color. Por eso te digo que no es dejadez. Es una puta sequía de ideas desde que empaquetaste tus cosas y me dejaste a vivir conmigo mismo.

               ¿Te molesta que te llame “musa”?, ¿es eso? Quizá inventarte un nombre te traiga de nuevo a esta parte de la playa donde la arena permanece húmeda y se divisan los nubarrones del horizonte. Te hago un sitio. Mira, siéntate aquí, a mi lado. Me muevo un poco y hay espacio para los dos. Tú pones la letra, yo la mecánica y a esperar a que algo suene, ¿qué te parece?

               Sigues sin hablar.

               No voy a insistir. No quiero agotarte. Sabes donde estoy, conoces mis hábitos de insomnio y mis ideas a deshora. Te esperaría pero, en fin, sigue tu camino, medita tus nuevos pasos, marca bien tus huellas en la playa que elijas.

              Yo estaré en la mía, con los nubarrones a lo lejos y los dedos sobre el teclado.
              


martes, 28 de agosto de 2018

Desnudarse

               Me falta la música de fondo- decía mientras tapaba su pecho con todo el brazo; el temor a ser vista desnuda la paralizaba casi por completo. Es la primera vez que hago esto, no me juzgues, por favor. La luz se entrometía por las cortinas de una manera hermosísima. El momento era propio. Con el temblor de la novedad, Erre fue apilando su ropa. Prenda a prenda era doblada y recostada sobre el sofá de la habitación, recibiendo un suave pase con la mano, seguramente temblorosa, aunque a decir verdad, no puedo asegurarlo pues apenas quise estar en ese proceso tan íntimo. Jamás en la vida me habría imaginado esto- decía. Desde luego, porque ella lo que realmente había imaginado eran otras cosas, quizá millones de ellas, pero en absoluto aquella escena en la que posaba casi desnuda ante una cámara para llenar de confianza y seguridad un futuro nuevo que comenzaría a escribir a partir de aquella sesión.

               Hablaba dándome la espalda, con la incertidumbre del que ha sido dañado y espera un nuevo ataque en algún momento. Cualquiera podría ser su enemigo a estas alturas. Yo disparaba fotografías, ella disparaba acontecimientos. Cada movimiento suyo iba acompañado por un retazo de vida que acomodaba en el aire, igual que hizo antes con su ropa sobre el sofá. ¿Quieres seguir?- me refería a la sesión; Por supuesto- se refería a lanzarse al vacío del todo. Erre, cada vez más cómoda al haberse liberado de su ropa, se liberaba a la par de otras cargas, esas que no se ven desde fuera pero que queman y consumen por dentro.

               - Me equivoqué de Príncipe. Igual me equivoqué de cuento y me metí en el que todos los papeles estaban ya repartidos y me dieron uno para rellenar y tenerme callada pero, ¿sabes una cosa?

               Yo incorporo mi espalda y saco mi ojo del visor de la cámara esperando la respuesta.


               - Ahora el cuento lo escribo yo. Ahora yo soy el humo, el ladrón, el consumo, la rabia y la emperatriz.*  ¿Ves ese montón de ropa?, esa era yo antes- y diciendo eso, se volteó para mirar de frente a la cámara, puso sus brazos en jarra y me lanzó un “¡Vamos, enfoca!, yo estoy completamente preparada.”


 
              
               Nos dimos las gracias, yo por depositar su confianza en mí, ella por mi respeto hacia aquella novedad.

               Al salir del apartamento se detuvo para clavarme por última vez sus ojos y decirme muy seria: la próxima vez quiero música de fondo.

               Después sonrió.

 
*De la canción de Mäbu ”Si me quieres lejos”

miércoles, 1 de agosto de 2018

Llegar tarde

Las manecillas del reloj avanzan adelantando mi voluntad.
 
Siempre a la espalda del tiempo que corre e inunda de vértigo cada hoja en blanco que soy yo mismo.
 
Llego tarde a cada cita con el futuro y abandono para no quedarme el último en la cola de los que nunca van a ser los primeros.
 
Es la inercia de sobrevivir lo que ancla mis pies a la tierra, demasiadas veces anclados, ante el pánico a no estar en el momento justo.
 
Así besaré la tierra en mi último día, huyendo del miedo a mis propios miedos.
 
Porque tantas veces he querido ser lo que no soy que dejé pasar el tiempo.
 
Una y otra vez.
 
Una vez tras otra. 
 
 
(modelo: Almudena Cuenca)

lunes, 16 de julio de 2018

Atardecer

Te he imaginado en cien lunas,
en seiscientas noches y en mil orillas.
Te he creído cerca del bosque,
bajo las ramas cargadas de hojas secas,
cansadas de vivir una eterna primavera.
Te pensé junto a los ríos,
desnuda con tu cuerpo de niña
entre unas rocas como un afluente liberado.
Quise soñarte en una extensa llanura,
fértil como tierra nueva que desea brotar.
Única. Impía. Desatada.
Pero estabas en el atardecer del verano,
entre el color rojo y la oscuridad del no saber,
agazapada,
cada día al final de la tarde.
 

lunes, 9 de julio de 2018

Volveremos a vernos

Y vendrán otros días y otras lluvias;
vendrán más otoños amarilleándonos entre las mantas.
Habrá mas noches llenas de estrellas y más lunas menguándose,
cobardes.
 
Vendrán otros mares
para acariciar tus pies otro verano
y otros fuegos que celebren cada beso que nos dimos
a oscuras.
 
Y llegarán anunciando otra aurora,
pintando tus fachadas a brochazos de luz
como música ya escuchada alguna vez en otra vida,
llegarán.
 
Hasta la llegada de esos días,
hasta que esa luz brille de cerca,
hasta que, al fin, duerma en tu vientre, mi vida,
hasta entonces… estaré aunque no me oigas latir.
 
Volveré. Volveremos a vernos.
 
(Noviembre 2010)

jueves, 5 de julio de 2018

En el barrio

       Di tantas vueltas con el coche que estuve a punto de desistir. No me gusta buscar aparcamiento donde sé que me va a costar la misma vida, aunque luego la recupere al dejar el coche. No me gusta. Volver al barrio después de tantos años se planteaba como una prueba de madurez. En mi bolsillo trasero llevaba la foto que llegó a mi buzón meses atrás y que me había hecho estar en ese momento en la calle donde di mis primeras carreras. Mi calle era una pista de patinaje, un circuito para bicicletas o un restaurante de lujo donde sentarse a degustar las pipas con sal que el padre de Salva vendía en su quiosco. Me parecía estar oliendo el pegamento del local que tenía el zapatero frente a mi casa. Ese olor que se quedaba hasta en la ropa. Mi calle olía a su pegamento, sí. Y al horno de la panadería de Olga, cuando el pan era pan de verdad. Frente a la churrería había unos bancos de madera. Hoy no están ni los bancos ni la churrería pero sigue estando el hueco de la pared donde ella y yo nos prometimos que estaríamos siempre juntos, hasta la muerte. Así éramos los niños de barrio, tremendos incluso en las promesas. Pierdo la mirada en esa pared. Soy incapaz de recordar el color que tenía cuando íbamos a cambiarnos los cromos de Santillana, Quini o Arconada; ahora tiene una capa de pintura verde. Y me acuerdo de ella, soñando en voz alta, mezclando hormonas con juegos infantiles. Palpo el bolsillo, la foto sigue ahí.
 
      Durante mucho tiempo olvidé mis calles, igual que otras tantas cosas. También nos olvidamos ella y yo. Pero hace unos meses que llegó su carta. Dentro sólo una foto. Una playa y sus piernas al sol, apoyadas sobre las de un hombre. Por detrás, escrito con rotulador un “No me vayas a olvidar”. Miro la foto y sonrío. Respiro profundamente y miro hacia arriba, hacia la cumbre de los edificios de nuestra calle. Cómo la iba a olvidar. Pienso que cualquiera que me viera, frente a una pared mirando una foto, dudaría de mi salud mental. Quizá era el momento de volver al siglo actual, al hoy día. Devolví la foto a su escondite e inicié el camino de vuelta a mi coche. Aquel ya no es mi sitio aunque será siempre mi casa, pensé.
       Pero lo reconozco, fue un impulso descontrolado. Giré sobre mis pasos y agarré una piedrecilla de la calle. Como quien comete el más grave de los delitos, tembloroso grabé sobre el muro verde con la piedra. “JAMÁS TE OLVIDARÉ”.

viernes, 29 de junio de 2018

Habrá que bailar.

            Habrá que bailar para que el músico se anime, para que nos mire la gente murmurando entre otras gentes acerca de nuestras patologías emocionales. Bailemos pues.
 
            Por capricho, por placer, por perder el miedo a bailar, por perder el miedo a volar. Bailemos sin saber cómo ni dónde. Descompasados o a dos palmos del suelo. Bailemos y descosámonos de nuestras sombras, soldadas eternamente a nosotros.
 
            Bailemos.
 
            Como perfecta excusa para rozar esa mano, o envolver esa cadera, o adosar esa mejilla, o recordar ese olor, o volver a existir. Bailemos.
 
            Bailemos para detener la hemorragia de las vidas pasadas y sanar cicatrices de los daños futuros. Entre el recuerdo y el olvido, bailemos.
 
            Porque mañana es fiesta de guardar en los cajones lo que ya no nos interesa y cerraremos la puerta a los fantasmas de cada minuto. Porque la eternidad no suena a nada, bailemos ahora.
 
             Ya lo dijo el Maestro: Que bailar es soñar con los pies.





lunes, 4 de junio de 2018

Duele decir adiós

     Duele decir adiós cuando consideras que el momento de la despedida se ha adelantado; cuando te quedan tantas cosas que agradecer y tantos abrazos que dar; cuando aún puedes escuchar su risa en los pasillos y recordar cada detalle con la gente de su pueblo.
 
     Duele decir adiós cuando sigues contando sus anécdotas como si estuvieses preparado para repetirlas mañana; cuando haces un listado de momentos únicos que has vivido; cuando esperabas encontrártelo en la próxima visita al cole.
 
     Es triste y duele cuando el que se marcha ha sido tan grande de evaporarse sin hacer el más mínimo ruido;  cuando ha sido un MAESTRO en todos los sentidos y cuando compartiste tus peores pesadillas abrazado a él.
 
     Dicen que la gente muere cuando se le olvida, por eso, Ciri, vivirás mientras quede en la tierra alguno de los que hayamos estado a tu lado. Tus compañeros, tus alumnos, y en fin, toda la gente del pueblo que tuvo la oportunidad de disfrutarte te recordará siempre. Gracias por todo lo que nos diste.
    
     Descansa, Ciriaco. Ya eres eterno.

sábado, 2 de junio de 2018

El fin del día

     El perchero sigue abarrotado de abrigos tras la puerta. Quizá tres, puede que cuatro, apiñados unos sobre otros y por debajo de ellos,  puede que algún bolso o alguna bufanda. Escarbando podría encontrar aquel gorro de lana que hace siglos que no usa porque ni siquiera recuerda que está allí abajo. Al fondo, el paraguas. Lo compró en rebajas; el paraguas transparente de moda, el que atraería las miradas de la gente, más preocupada por llegar a sus destinos moderadamente secos que en valorar el diseño de los artilugios anti-lluvia de los que pasaran por allí, pero ella confiaba en que sería la sensación del otoño.
 
     En el pasillo, sus zapatos. Atravesados, inertes, a su suerte. Diariamente repetía el ritual de lanzarlos a la vez que sonaba el portazo tras su espalda. Llegar a casa solía ser sinónimo de autoprotección. Ese portazo era el abrazo de su guardaespaldas y deshacerse de los zapatos, la confirmación de que ya estaba segura. Percibía un placer difícil de describir al recorrer descalza aquel pasillo y celebraba, a veces, no haber puesto madera ni tarima ni nada de esas cosas que quitasen la agradable sensación de frío al caminar por él. Pisaba tierra segura, territorio propio. Su guarida.
 
     Aunque nada comparable con librarse del broche del sujetador, "el yugo opresor de la mujer del siglo XX". Ojalá tuviese el valor de prescindir de él. Cuando pasa junto al espejo superlativo que cuelga en la pared, se observa. Se analiza. Y se habla. Ojalá yo fuese capaz de salir a la calle sin esta tortura pero no sé... no me veo. Chica, realmente creo que estás increíble para tu edad... pero no me atrevo, nunca fui de fantasear.
 
     Al fondo, una pequeña lámpara ilumina el salón. Algún día tendría que ordenar los recuerdos de aquel lugar, tan íntimo y tan atropellado de vivencias pero el orden requiere de tiempo y de voluntad, quizá más de lo segundo. La voluntad es una asignatura que comenzó a suspender la noche de agosto en que descubrió que los castillos de naipes podrían volar con sólo abrir una ventana. Ahora, bajo la cálida luz que nacía de la mesita y el silencio de la playa cercana, besaba despacio una copa de Ribera del Duero. La sangre de la tierra. Bendita la uva de entre todas las creaciones del universo. Busca su postura ideal; espalda bien apoyada, piernas recogidas y los pies bajo un cojín. Una mano hace el ademán de masajear un poco sus cansadas piernas. Ya no hay estrés, ni trabajo, ni ruidos molestos a su alrededor.
 
     Toma la copa, la acerca a sus labios, siente fluir el vino por su garganta y respira.
 


Fotografía de Lydia Fernandez Tapia (@lydia_fdz)

viernes, 25 de mayo de 2018

Sólo uno más

     El pulso se le dispara como si buscara escaparse del cuerpo insulso y corriente que lo atrapa y lo limita al punto de hacerlo sentir vulgar. La mira mientras habla. La observa. La admira. Ella es ajena a aquellos instintos porque para ella, el pulso acelerado es una anécdota, a veces sin sentido. Para ella, existir se ha vuelto una rutina necesaria y sonreír, un viaje al espacio exterior. Pero en ese instante, ella sonríe sin miedo a los juicios; sonríe porque se adivina feliz.  Sonríe él también, creyendo, a veces, que ella destila vida porque está junto a él, junto a alguien tan parecido a todos los demás que si lo cambiasen por otro nadie lo notaría, aunque crea que lo mira, de reojo,  entre carcajada y carcajada. Escucha su risa y sueña parar el tiempo para siempre. Imagina un espacio sin efectos ni bandas sonoras, ni explicaciones, ni actores secundarios. No sabe si habrá otro momento como ese, proyectado o casual y desea prolongarlo al máximo de su estiramiento; si leerá sus mensajes, si captará sus bromas, si volverá a mirar de reojo alguna vez para darle rango de protagonista.
     Él sólo la mira, como quien vive una aparición y no sabe lo que siente, apurando los latidos de hoy. Casi la venera.  Que este segundo no acabe. Así, quizá mañana vuelva a imaginar.
 
(Fotografía de Michele Della Guardia)

jueves, 10 de mayo de 2018

NATSUKASHII


NATSUKASHII es una palabra japonesa que significa "Nostalgia Feliz", es el instante en el que la memoria, de repente, te transporta a un bello recuerdo que te llena de dulzura.

martes, 1 de mayo de 2018

Luz de hotel

     Busco el encuadre ideal para llamar la atención del crítico. La foto. Unos pasos más a tu derecha, ahí, perfecta. Ella luce como nadie, desnuda tras una cortina vaporosa. Un pasito, solo uno hacia atrás. El viento entra por la ventana y ondula la cortina, hace bailar su pelo y eriza cada milímetro de su piel. Es el momento. Baja un poco el brazo... eso es!. Uno y otro, y otro disparo más. No te muevas. Cuatro, cinco... hasta seis disparos continuados. Hoy no necesitaremos luz extra, el atardecer nos está regalando unas formas preciosas en la pared de la habitación. Una última prueba. Mírame. Ya casi está. Una más. Creo que mejor no lo podríamos hacer. Puedes vestirte, muchas gracias. Ha sido un placer. El placer ha sido mío.
 
     Luz natural para ellas. Para ellas el juicio del crítico, el fondo que se difumina, el ojo perfilado. Para ellas el mejor contraste, el aplauso seguro. Fotografías naturales para ellas y hasta cortinas vaporosas para ellas. Tú y yo tenemos otro tipo de mirada. Somos más de luz de hotel. ¿Posas?

sábado, 14 de abril de 2018

Pronosticaron lluvia

 
               No hay verano que soporte las tempestades de diciembre. Pronosticaron lluvia pero tu ropa se adormecía jugando con las sombras alargadas de las sábanas blancas tendidas al sol confiado. El calor ya no era cruel, más bien un compañero que se buscaba entre las apariciones de los paraguas; y los azules fueron tornando en grises difusos.
               Pronosticaron lluvia pero tus dedos aún sentían el goteo de un vaso lleno de vida, a la orilla de la playa. ¿Para qué mudar la ropa ? -decías- No nos devorará ningún invierno. Y aquí te detienes, ante un espejo semitransparente, ante ventanas entreabiertas, ante dudas inacabables.
               Desconfiaste de los avisos. Saliste desnuda a reflejarte en los charcos cuando pronosticaron lluvia.
               Ahora es tiempo de nubes.
(Fotografía de LYDIA FERNÁNDEZ TAPIA)