Como presagio de mi éxito en el sorteo, me detuve en la pastelería y compré unos xuxos (de verdad, que no sé cómo se escribe) de esos de “2 x 1€” (el sábado podría comprar doscientos millones de xuxos!!!!!) y con ellos, en una bandejita muy bien envuelta, caminé hasta mi casa. Y fue allí, poco antes de tomar tierra en mi portal, que dos personas, un hombre y una mujer, se detuvieron ante mí.
Ella muy jovencita, con cara de empollona resabiada, gafas cuadradas y enormes encarcelando a unos ojos diminutos. Él, algo mayor, pero no mucho más, encorbatado de todo a cien y rizado tupé, a juego con un bigotito recortado a lo actor porno; y ambos, con un montón de carpetas y libros en sus brazos. Me miraron y el chico, sonriéndome, me dijo:
- Hola, disculpa, ¿dispones de tres minutos?
- Ni medio, lo siento.
- Entonces –insiste mostrándome un libro con la cara de Jesucristo sonriente en su portada- ¿no te quieres salvar?
Ante semejante pregunta no tuve más opción que vestirme con una sonrisa XXXL y mostrar mi lado más sincero:
- ¡Uf, llegáis tarde! Yo ya estoy condenado –dije señalando "el pecado" que portaba en la bolsita de pastelería de barrio.
- ¿Qué pasa? –contraatacó el misionero- ¿No crees en el perdón?
- Amigo, creo y mucho –continuaba con mi amplia sonrisa, plena de ironía-, de hecho, llevo "nosecuánto" tiempo practicándolo.
- Bueno, me conformaré con eso –concluyó el chico- y con tu cara de felicidad mirando esos pasteles.
- Confórmate porque en un rato el pecado estará dentro de mi y lo hará con toda la alevosía que me deje mi escasa voluntad. Y seré plenamente feliz.
Como dice Fito, no tener que disimular es una de las ventajas de irse haciendo viejo. Será por eso que no me resulta difícil vivir siempre al filo de casi todo. Y es que en estas últimas semanas laborales ha habido algún que otro perdón; sin disimulos, lo prometo. A cualquier persona que se acerque pidiendo comprensión hay que darle, al menos la oportunidad de explayarse, otra cosa es que te convenza después; ya sea para hablarte de las maravillas de la educación inclusiva o para venderte parcelitas del Cielo eterno.
No voy a entrar en si me han convencido o no, queda para mí y mis adentros, lo que sí es cierto es que me he dado un motivo más para auto-condenarme. Así, sin miramientos.